Mi vida y mi libertad”

“Mi vida y mi libertad”

Ayaan Hirsi Ali (Mogadiscio, 1969) es una intelectual, una superviviente y una mujer perseguida por decir lo que piensa. Como su magnífica colección de ensayos “Yo acuso” (Galaxia Gutemberg, 2006), su autobiografía “Mi vida, mi libertad” (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2007) habla del islam y Occidente, del maltrato a las mujeres y una África desangrada por guerras y corrupción, de su familia y el amor, de Theo van Gogh y la muerte. Pero también es el relato apasionante de un viaje intelectual desde la superstición a la razón, desde la tribu y el destino al individuo y a la convicción de que nuestras ideas y acciones pueden cambiar las cosas.

Hirsi Ali nació en Somalia, un país dividido en clanes. Su padre era un activista político; ella se crió con su madre y su abuela. Aprendió que “si una niña pierde la virginidad, no sólo traiciona su propio honor, sino que también daña el de su padre, sus tíos, sus hermanos y primos”, y que “la paz sólo llegará a los musulmanes si los judíos son destruidos”. En ausencia de sus padres, la abuela organizó su circuncisión: “Las tijeras descendieron entre mis piernas y el hombre cortó mis labios interiores y el clítoris. Lo oí, como cuando el carnicero corta la grasa de un pedazo de carne”, cuenta Hirsi Ali: 6.000 niñas sufren cada día la ablación del clítoris , un rito criminal que no se practica en todos los países musulmanes, pero que el islam tolera y a veces recomienda. Es el caso, por ejemplo, del influyente predicador Yusuf al-Qaradawi : “No es obligatorio, pero cualquiera que piense que sirve a los intereses de sus hijas debería hacerlo, y yo personalmente lo apoyo en las presentes circunstancias del mundo moderno”.

La familia se exilió en Arabia Saudí, “donde todo giraba en torno al pecado”, en Etiopía y en Kenia, donde Ayaan aprendió inglés. Su madre le pegaba y un maestro del Corán le fracturó el cráneo. Pero no habla con rencor: reconoce el sufrimiento de su madre, muestra cariño por su padre y califica la muerte de su hermana como “el peor momento de mi vida”.

Hirsi Ali se unió a la Hermandad Musulmana. Vestía un hiyab; su objetivo “era un gobierno islámico a escala mundial para todos los seres humanos”. Pero percibía contradicciones: la persecución del deseo sexual femenino o la desigualdad legal. Leía novelas en inglés que hablaban de amor y de mujeres que tomaban decisiones, y a su alrededor se condenaba a las mujeres violadas y se maltrataba a las madres solteras. “Todos los valores islámicos que me habían enseñado me ponían a mí en último lugar”, afirma y reproduce las normas matrimoniales: la mujer debe obediencia al marido; si no le hace caso él puede pegarle; debe pedir permiso para salir de casa y estar siempre sexualmente disponible.

Hirsi Ali cuenta una emancipación: en 1992 su padre concertó su boda con un somalí que vivía en Canadá. Fue a reunirse con él; pasó por Europa y descubrió que podía convertirse en “un individuo”. No se casaría; viviría en Holanda. Aunque corría peligro real, obtuvo el estatus de refugiada gracias a un relato bélico inventado. La sorprendieron los trenes puntuales, las mujeres en camiseta y la democracia. Fue a la piscina, se echó un novio, aprendió neerlandés y a montar en bici: “La vida es mejor en Europa que en el mundo musulmán porque las relaciones humanas son mejores, y una de las razones por las que son mejores es porque la vida en Occidente se aprecia en el aquí y ahora, y los individuos disfrutan de derechos y libertades que el Estado reconoce y protege”.

Estudió Ciencias Políticas y dejó atrás la vestimenta y la religión musulmanas; leyó a Spinoza, Locke, Popper. Trabajó como intérprete y en una fundación del Partido Socialdemócrata: descubrió que entre los inmigrantes se producían crímenes de honor, matrimonios concertados y mutilaciones. El número de musulmanes a los que debían atender los servicios sociales era desproporcionadamente alto. Su experiencia y sus lecturas la condujeron a dos tesis. Por un lado, la opresión de la mujer era un elemento esencial del islam. Por otro, la violencia y el atraso no eran producto de Occidente, la pobreza o el racismo, sino de una cultura que necesitaba un cambio, “un Voltaire”. Pensar que las cosas ocurren por voluntad de Dios detiene el progreso. Había que señalar que el Corán era “un documento histórico escrito por seres humanos… Pregona una cultura brutal, fanatizada, obsesionada por controlar a las mujeres y ávida de guerra”. Cuando se enteró de los atentados del 11 de septiembre, pensó que el Corán legitimaba esa violencia.

Su causa sería la emancipación de las musulmanas: defendía los derechos humanos, criticaba el multiculturalismo y el relativismo. Pedía que se dejasen de subvencionar las escuelas confesionales, que se hicieran estadísticas de los crímenes de honor, y se controlase a las niñas que corrían peligro de sufrir la ablación. Recibió amenazas de musulmanes; vivía escoltada. La izquierda desconfiaba de ella: le pedían “paciencia o me tildaban de derechista”.

Se presentó a las elecciones con el Partido Liberal. Obtuvo un escaño en el Parlamento y escribió el guión de “Submission” : el cortometraje que dirigió Van Gogh criticaba el maltrato del Islam a las mujeres. Un fanático asesinó al cineasta; Hirsi Ali pasó meses escondida y vigilada. Cuando volvió, los atemorizados vecinos exigieron que se marchase. Verdonk, la ministra de inmigración de su propio partido, le retiró la nacionalidad holandesa por haber mentido para conseguir un permiso de refugiada: lo había declarado muchas veces, pero tuvo que dejar su escaño. Ahora Hirsi Ali trabaja en el “think tank” estadounidense American Enterprise Institute, está agradecida a Holanda y ha recuperado su nacionalidad. Aunque está amenazada de muerte, cree que ha tenido suerte: sigue viva, y tiene su propia voz. En “Mi vida, mi libertad” hay muchas pérdidas y mucho dolor: Hirsi Ali ha perdido su país, su familia y la posibilidad de ir donde quiera. También hay mucha pasión, fortaleza e inteligencia, y una escritura poderosa y limpia que defiende los mejores valores de la humanidad.

Ayaan Hirsi Ali. Mi vida, mi libertad. Traducción de Sergio Pawlowsky. Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores. 490 páginas.

Esta reseña apareció en el suplemento Artes & Letras de Heraldo de Aragón el día 8 de marzo de 2007.

[Una polémica: Timothy Garton Ash acusa a Hirsi Ali de “fundamentalismo de la ilustración”, siguiendo la línea equivalencia moral entre el fanatismo islámico y quienes lo combaten que establece Ian Buruma en su libro “Asesinato en Amsterdam” (Debate, 2007). Aquí hay una respuesta de Christopher Hitchens y otra de Anne Applebaum

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